A menudo vienen a mi consulta personas que desean ayudar a sus seres queridos, pero no saben cómo. Otras veces me comentan que cuando desean ayudar los demás no les hacen caso. En ocasiones, pese a querer ayudar de buena voluntad, los otros se enfadan. En realidad no podemos ayudar a nadie que no desee ser ayudado o que no nos haya perdido ayuda explícitamente.

Tampoco debemos decir lo que tiene o no tiene que hacer, lo que sería lo correcto para esa persona, ya que sólo ella y su alma lo saben. La resolución de cualquier conflicto pasa por aprender qué quiere nos quiere decir la situación y buscar los recursos adecuados para solventarla. Ésta sería la actuación adulta. Por consiguiente, no debemos realizar el trabajo que únicamente corresponde a esa persona.

¿Qué podemos hacer entonces?

Mostrar caminos, sólo eso. Los que conocemos, los que sabemos que funcionan, los que nos hayan servido, siempre teniendo en cuenta que puede que al otro no le sirva. Lo mejor que podemos aportar es el propio camino andado, la experiencia, el crecimiento. Ser un faro. Sólo resultando verosímiles podemos inspirar al otro.

Cuando deseamos ayudar a alguien debemos ser muy honestos y pararnos a mirar desde qué lugar surge nuestra necesidad de ayudar. Es probable que solamente estemos proyectando nuestras propias necesidades de sentirnos necesitados o amados. O que deseemos que el otro cambie y sea como nosotros queremos que sea, esto es muy frecuente cuando se trata de la pareja.

No se puede arreglar la vida de nadie. No debemos entrometernos en destinos ajenos, porque al hacerlo muy probablemente nos carguemos con lo que no nos corresponde.

La ayuda del terapeuta

Cuando se es terapeuta hay que tener todo esto muy en cuenta. Un terapeuta que quiere “arreglar” la vida a su cliente, que quiere “salvarlo” o le dice lo qué es bueno o malo para él, lo está tratando como a un niño. La ayuda se puede convertir en una sustitución de los padres, sobre todo de la madre. He observado que las personas que tienden a ayudar en exceso a los demás a menudo tienen conflictos con su propia madre. Sienten que no han recibido suficiente y proyectan esta carencia.

Una terapia es sobre todo un acompañamiento para que la persona pueda encontrar por sí misma respuestas. Tenemos una infinidad de recursos que desconocemos, la misión del que ayuda es facilitar que el individuo encuentre sus propias soluciones de acuerdo a sus capacidades. Esto sería enseñar a pescar, no dar peces.

Cuando se está en la relación de ayuda hay que tomar distancia. La persona que llega a la consulta necesita de nuestro acompañamiento sólo un tiempo determinado. Somos lo menos importante en su vida. Pasaremos una semana, unos meses a lo sumo y la relación habrá terminado. El verdadero éxito de una terapia es que la persona llegue a conocerse tan bien que pueda ser su propio terapeuta.

Para finalizar, transcribo una frase del maestro Bert Hellinger que siempre tengo presente: “El deseo de ayuda, impide la ayuda”.

Mª Milagros Estanislao Quintanilla

Consteladora y Coach Personal